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Mi viaje a El Aaiún, Argelia: La estancia

El primer día en el desierto fue una locura. Me desperté tras dormir apenas 3-4 horas porque sentía que había descansado lo suficiente. Cuando me levanté, me sentí completamente fuera de lugar. No era consciente de dónde estaba. Salí de la habitación, y en seguida me vino la familia a presentarse y a ofrecerme desayuno. Comí poco, pero he de decir que estaba muy rico.

Durante el día conocí a la familia, anduvimos por los alrededores y me explicaron cómo viviría durante los próximos nueve días. También nos contaron que íbamos a tener un par de excursiones más adelante. Recuerdo cómo la gente se extrañaba de ver a una niña que no fuese local. Los niños flipaban conmigo y con mi ropa. También tuvimos otro handicap: el idioma. No todo el mundo entendía español o inglés, por lo que muchas veces tuvimos que comunicarnos con gestos.

Recuerdo cómo en los primeros días hice buenas migas con los niños. Les enseñé a jugar al volleyball, ya que tenían un balón y una cuerda en la que tendían. Me impresionó verlos correr descalzos por las piedras, que las notaba debajo de las suelas de mis zapatillas. O que jugasen a tirárselas y esquivarlas. Cuando me presentaron al resto de la familia, fueron muy agradables. Vi cómo sus casas habían sido destrozadas por las lluvias. Casas sin paredes o sin techos. Autobuses sin seguridad, ni ventanas, y lo justo que tenían asientos. Me sentía como en una película o un documental.

Cuando fuimos al mercado por primera vez, no conseguía cerrar la boca de lo que flipaba. Eran como 20-30 minutos andando por el desierto, duna arriba duna abajo. Pero jamás había visto algo semejante. En una ocasión se nos hizo algo tarde. La familia me compró una melpha y un burka, que sigo teniendo y usando de vez en cuando como fular o manta. También compramos algo de maquillaje. Al ser mayor de 14 años, debía vestirme como una adolescente de allí. Al volver a casa, vimos el atardecer en pleno desierto, en la colina de una duna. Fue alucinante.

En una de las excursiones que hicimos con la ONG, me acuerdo que nos llevaron literalmente al medio del desierto. Ni os imagináis lo que sentimos. Cómo viajamos en camión como si fuese un safari, tocar la arena... Visitamos ciudades y pueblos de alrededor. Fue cuando se me rompió mi cámara por caerse en la arena. No pude sacar más fotos, ni recuperar la mayoría. Recuerdo también cuando compré unas obras hechas por un ciudadano para recaudar dinero para la escuela. Las tengo en casa guardadas. También en otra excursión nos invitaron a comer cuscús. A mí no me gustó porque en esos tiempos no era muy fan de este tipo de comidas, ni de las verduras, ni las especias. Me supo a tierra. Pero la experiencia fue muy bonita.

En nuestra casa tomábamos el té todos los días en las mismas horas que los locales. Siempre el mismo ritual: uno amargo y puro, otro intermedio, y un último dulce. Todos ellos naturales y caseros. Me explicaron toda la historia de El Aaiún, sus creencias, sus tradiciones. La mujer que nos acogió nos contó cómo se vivían las bodas. Otro día me pintaron gena en las manos. Tantos y tantos recuerdos de tan sólo diez días... Muchos de ellos no los recuerdo porque era joven, y me da pena.

La alegría de los niños y las familias en cuanto llegamos a casa y abrimos nuestros bolsos llenos de ropa y de comida. Al igual que el último día antes de irnos. Fuimos a visitar a una pequeña a la que acogían unos amigos en verano. Al vernos, sonrió como nadie, y nos repartió unos abrazos inmensos. Lloré muchísimo, me emocioné. Tenía ropa mía puesta. Cuando vio que le dimos más ropa, se puso muy contenta. Han pasado unos años, y ese será uno de los mejores recuerdos suyos que tengo. La verdad es que no tengo malos tampoco. Qué palo fue cuando me dijeron en cuarentena que había fallecido en el hospital. Sentí que se llevaron una parte de mí.

Con la familia era genial. Ponían música siempre que podían, y sino, la cantaban. Qué buen gusto tienen. Gracias a ellos descubrí la canción Aicha de Khaled. Cada vez que la escucho me lleva a estos días, a los momentos bailando y cantando con Mohammed y el resto de niños y niñas del Campamento.

Durante los diez días me sentí una más. Me llené de alegría, de emociones, pureza. Lo más duro fue el no poder ducharme ni asearme durante todo el viaje. Apenas íbamos al baño. Hasta se me cortó la regla, no os digo más. Tengo muchos más recuerdos que podría contaros, pero ojalá tengáis la oportunidad de hacer un viaje parecido en vuestra vida. Ahí me comencé a encontrar. Prometí que volvería algún día, y lo haré.

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